Marco Antonio, el de Cleopatra

Publicado: 31 diciembre 2009 de Amado Sosa en Lic. Ubaldo Orozco

El último artículo del año. Y tengo el gusto que sea del Lic. Ubaldo Orozco Perez. Feliz año 2010.

Amado Sosa

Salvaje. Un barbaján. Es la imagen que nos queda de Marco Antonio después de leer a Plutarco, opuesta a la del trágico enamorado de Cleopatra que nos dejan las pantallas del cine y la televisión. Romántico. Un amante desdichado, patético por haber perdido la guerra por el destino del mundo mediterráneo hecha por amor a una mujer. Tan bello, según el historiador, que a él se parecían las estatuas de Hércules.

Eran pocos los nombre romanos. Para distinguir entre sí a los miembros de una familia se requerían apodos. Fueron Marcos (Antonio, el nombre familiar) el abuelo, el padre y el hijo del Triunviro como fue conocido el enamorado. Al primero lo llamaban el Orador, al segundo Crético, de burla porque no conquistó Creta sino la perdió, y al último Antulo, un diminutivo de Antonio. Con las mujeres la escasez continuaba.  A sus dos hijas habidas con Octavia, la hermana de Octaviano, se les seguía el nombre familiar con una referencia cronológica. Tanto la Mayor como la Menor eran Antonias.

El Triunviro, nacido pobre, pero noble,  despreció cambiar el destino del mundo.  Toda su vida fue un ejemplo de desperdicio y desorden moral y mental. No se halló a sí mismo. Su entrada en la historia grande vino en los campos de Farsalia, cuando Julio César aplasta al ejército de Pompeyo y se adueña de Roma.  En la batalla el general victorioso retuvo el mando del ala derecha su ejército dejando la otra al cuidado de Marco Antonio, el lugarteniente, que ya en dos ocasiones previas había contenido la fuga de tropas cesarianas y las había vuelto al combate.

Unos dos años después, en marzo del 44, a. C., se percató de que Roma quedaba a merced de quien quisiera poseerla, cuando una conspiración de senadores, encabezados por M. Bruto y Casio,  acuchilló a Julio César, el dictador perpetuo, en el mismo recinto del  Senado. No dejó pasar la oportunidad, primero temeroso, concertó la tregua, e hizo las paces con sus enemigos,  y luego ante el cadáver de César arengó contra los asesinos y soliviantó a la turba de pueblo y soldados, que se lanzó a las calles armada de leños ardientes en busca de los senadores culpables para vengar la muerte por propia mano. Se salvaron huyendo de Roma y dejándola en manos de un nuevo amo: Marco Antonio. Heredero de César. De su poder. Dueño absoluto de la Ciudad, del Mediterráneo, del mundo conocido. Del Occidente venidero. Del universo entero.

Pero  no se dio cuenta del tamaño de su victoria y dejó crecer a sus enemigos. No los aplastó. En guerra civil interminable se vio obligado a compartir el poder en un segundo triunvirato, con Lépido y Octaviano, el futuro Augusto. Hasta entonces se dio cuenta  de lo perdido: hubo de humillarse, pedir y obtener de sus colegas permiso para acabar con Cicerón, celebrado orador, defensor de la República y su enemigo personal.

El pleito había nacido con la muerte del padrastro ejecutado por ser aliado de  Catilina en su revuelta contra la República, y atribuida por el Triunviro a las intrigas del orador. Luego vinieron las prodemocráticas “Filípicas” enderezadas en el Senado en contra de Antonio por el temor que inspiraba de convertirse en el nuevo César.  Cabeza y mano derecha de Cicerón aparecieron colgadas en la tribuna de la plaza. Pero el barbaján hubo de pagar el precio autorizando la muerte de un pariente, que finalmente no se llevó a cabo por la resolución de la madre del Triunviro. El origen de la erosión de su poder incipiente había sido la tacañería: no repartir entre el pueblo romano la herencia que a cada ciudadano legó el dictador asesinado y haber ninguneado por insignificante al heredero de César: Octaviano. El otrora todopoderoso se sometió como cualquier ciudadano común.

La guerra civil no acababa. Octaviano, enfermo e incapaz de vencer a los repuestos asesinos de César, hubo de retirarse a Roma dejando en Antonio la responsabilidad de eliminarlos. El Triunviro lo hizo en lo que sería su última gesta militar, pero olvidándose otra vez de poseerla, a pesar de tenerla de nuevo a su disposición.  No cayó sobre Roma, no agravó mortalmente la salud del colega enfermo. Desprotegido. En vez de tomarla el enamorado llevó sus legiones a Grecia para seguir guerreando.  Segunda oportunidad perdida y un juicio severo contra su persona: sus mayores hazañas bélicas habían tenido por objeto esclavizar Roma a los césares, no su engrandecimiento.

Los tratos con Cleopatra, la reina egipcia, comenzaron cuando la llamó a rendirle cuentas por haber apoyado a Casio, el asesino, en la guerra civil. La reina lo avasalló no con su hermosura, que no era mucha, sino con su trato. Adaptándose a sus chanzas lo sometió. Antonio la siguió a Alejandría. Se dedicaron a juegos de muchachos, al ocio, al despilfarro, a comer y beber. Cleopatra lo embobaba cada día con nuevos placeres y gracias. Más de mil historias. El Triunviro se retiraba a su palacio burlado y hasta golpeado. Trágico con los romanos, cómico con los egipcios. Asesino o bufón.

Roma lo llamaba. Más escaramuzas. Lépido defenestrado. División del mando: el Occidente para Octaviano, para Antonio el Oriente, incluido el reino no domeñado de los partos. La conquista de la Partia. El sueño incumplido de César perseguido por su antiguo lugarteniente.  Guerra terrestre desastrosa e inútil, con la pérdida de más de 30,000 soldados. Algunos cuando el enamorado tachó de cobarde a una legión y la diezmó. Un castigado a espada. Nueve perdonados. Un muerto, nueve vivos. Episodio brutal. Más porque la campaña había sido mal planeada y peor ejecutada por las prisas del romántico de regresar a reunirse con su reina. Todavía el Triunviro, sin asomo de vergüenza, emprendió, con el dinero de Cleopatra, una campaña de juego para volver en triunfo a Egipto. Ofendiendo a Roma repartió como propio el Oriente romano entre sus hijos habidos con Cleopatra, y Cesarión, el hijo de la reina, cuya paternidad se atribuía al dictador perpetuo. Octaviano lo creyó emponzoñado con yerbas egipcias de tantos ultrajes que infirió a Roma para complacer a la amante.

La esposa romana de Antonio, Octavia, la legítima, fue un ejemplo de virtudes romanas. Más joven y hermosa que la extranjera fue repudiada por el Triunviro para casarse con  ésta, que para reconquistarlo se había fingido hambrienta, triste, conforme con ser conocida como la querida del romano. Ablandado y afeminado el Triunviro cayó de nuevo, mientras su colega hacía del conocimiento del Senado y del pueblo de Roma cada una de sus degradaciones.  El testamento de Antonio, obtenido por su rival con malas artes, lo confirmaba: la herencia del Triunviro se legaba a los egipcios.  El Triunviro quería reinar sobre Roma, desde Egipto, junto con su Cleopatra, y Roma se había jurado desde el advenimiento de la República no tener más reyes. Jamás.

Nueva guerra civil. La batalla naval de Accio, frente a las costas de Grecia. En el 31 a. C. El Triunviro abandonó la victoria. Antonio al ver escapar, sin dar pelea, el barco de su Cleopatra (con sus joyas) la siguió en el suyo sin esperar el resultado del todavía incierto combate. Los suyos no se dieron cuenta de la fuga y continuaron las escaramuzas algunas horas más. Al fin las naves de Octaviano, al mando de Agripa, más pequeñas y agiles vencieron definitivamente al bando del enamorado, que ni siquiera regresó por las 19 legiones que lo esperaban  en tierra firme prestas para la lucha. Lo venció un ejército inferior y había perdido el grande amor y lealtad de sus soldados. El Triunviro había perdido su última oportunidad de cambiar el destino del mundo.  Sin darse cuenta.

El encuentro naval de Accio, victoria del Occidente sobre el Oriente, la mayor humillación que ha sufrido cualquier general en la historia de la guerra, señala también el fin la democrática República Romana y el nacimiento del Imperio. Un reino sin rey.

Un año más tarde lo acosan, en su refugio alejandrino, las tropas enemigas. En pago a su traición sus legiones lo abandonan. La extranjera lo urge a suicidarse para no caer en las manos de Octaviano.  Antonio vacila. Cleopatra, desde sus habitaciones, lo fuerza a hacerlo con un recado de mentira: la reina ya se quitó la vida. El Triunviro se da un golpe de espada, medroso, insuficiente para matarlo en minutos. Le deja tiempo para arrastrarse a morir al lado de su esposa y expresar un consuelo también de mentira: haber muerto noblemente vencido por un romano. Días después la egipcia, la exótica, se priva de la vida con la mordida de una serpiente.

Cleopatra la de Marco Antonio. La embaucadora. Creyó que con la gracia de su cuerpo, sus chanzas y riqueza, podría conquistar Roma. Engañó a César y al barbaján, pero no fue suficiente.

En una síntesis reprobatoria del Triunviro se contaría que  lo moldearon los vicios, fue dado al trato con mujerzuelas, a las francachelas y al despilfarro. Jugador. Hueco, hinchado, lleno de vana arrogancia y presunción. Vestía provocativamente. Jactancioso. Dado a la embriaguez pública, y a las chanzas, sexuales sobre todo,  con cualquiera. Disfrutaba por igual las que hacía y las que le hacían. Se ganaba a los soldados comiendo entre ellos. Rebajándose. Manirroto con sus soldados y amigos. Mujeriego, no se abstuvo de las ajenas, pero también consideró adúltera a una de las suyas.  Siervo de mujer extranjera. Ridículo, besaba los pies de la exótica, se comportaba con ella como niño. Vejete rabo verde. Generoso con lo ajeno. Cruel con el enemigo vencido. Enemigo de los ciudadanos. Vengativo, ladrón secuestrador, asesino, corriente, avaricioso. Desvergonzado. Se autonombraba nuevo Baco. Frustrado en sus lisonjas y vencido por ellas. Confiado a sus subordinados, actitud no diga de un césar. Violento. Renegó de Roma.  Destructor, junto con Octaviano, de la República Romana. Cobarde. Traidor. Se saben episodios de infamia: se presentó en la plaza pública, en función de servicio,  vomitando todavía de la borrachera. Peor aún: no tomó el poder absoluto las tres veces que el azar se lo ofreció. Vencido vergonzante. Cleopatra acabó con cualquier bondad que aún conservara porque le despertó los vicios que aún recataba.

Alguna alabanza le dedica Plutarco. Antonio se crecía en las dificultades, “podía pasar por bueno” y su fidelidad a Julio César.

En su defensa puede decirse que por huérfano le faltó padre que lo enderezara.

La biografía de Marco Antonio permite a la historia sacar y trasmitir lecciones inútiles. La naturaleza del poder: sobrevivir combates, no ganarlos. La prevalencia de las ambiciones personales sobre cualquier otro interés. El terror permanente para el sabio: saber  la suerte de la humanidad en manos de un cretino, sea hijo o no del Crético. La bajeza de los grandes y la grandeza de su juego. La igualdad esencial de los hombres. Lo anárquico y mudable del azar. La imposibilidad humana de sujetarse a la razón, vencida siempre por impulsos primarios y disparatados. La firme fidelidad del soldado y la fácil tracción del general. La victoria de la simpatía sobre la bondad. La inutilidad de la historia y la tortura de su estudio. El hartazgo de sus lecciones.

El Triunviro. Simpático. Primitivo. Decadente. Suicida de toda la vida. Una abominación de la historia. Juguete del azar. De las pasiones de una exótica. Encantado por  el dejar ser. Fascinado por dejarse llevar. Cobarde. Muerto de dos milenios.  De hoy.

No se dio cuenta de su tamaño ni de lo que peleaba.

Anuncios
comentarios
  1. jamila dice:

    hola Amado!!!! , saludos desde colima, sigue escribiendo y feliz comienzo del 2010, es nuestro año Amado!!!

  2. jorge dice:

    excelente!!!!!

    mis respetos

  3. luis carbonell dice:

    Estimado lic orozco desde que empeze a leer su nota semanal me di cuenta de la profunda sensibilidad y acierto en sus comentarios , me gustaria conocerlo y pedirle algunas apreciasiones yo tambien soy alumno de la eld le dejo mi correo piojoblanco73@hotmail.com

  4. ubaldo orozco dice:

    Hola, Luis. Gracias. Me dará gusto invitarte a la próxima presentación de un libro agradable, un relato de mitos, leyendas, historias, crónicas y promesas. Ya se encuentra en las últimas etapas de edición.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s