Los hombres buenos

Publicado: 15 marzo 2010 de Amado Sosa en Lic. Ubaldo Orozco

Como todo, finalizó el descanso que tuve; y una vez más estamos aquí. Buena vibra a todos.

Amado Sosa

Cuando a uno le da por platicar para los demás o de escribir generalmente termina de gurú político o consejero espiritual con la buena fortuna de que al final nadie le hace caso, pero el profesor  queda como orgulloso conductor de rebaños humanos.

Los políticos, que no son gurús, saben lo oneroso que es obtener votos y lo inútil que por lo general resultan los sermones, así que en vez de hablar se ponen a ganar con hechos sufragios y sólo cuando es su tiempo. Los curas, moralistas, analistas, sicólogos y demás gente dedicada a modificar el comportamiento humano conocen la casi imposibilidad de arrancar del ser humano  el egoísmo que lo tiraniza y ata a la vida y deciden entre ser solamente escuchados o sembrar cambios conductuales de larga gestación y corta duración.

En la ley de la Selección Natural se encuentra la respuesta a las dos actitudes, la de influir en los demás y la de seguir los impulsos propios. Ambas son manifestaciones de poder. Aparte dicha ley es el lugar adecuado para contestar la pregunta que frecuentemente nos formulamos, ¿por qué todo termina siempre en política? La respuesta no se hace esperar: porque todos los seres vivos están en lucha permanente con los de su misma especie.

La política nace en el momento en que vino al mundo el segundo ser humano.

Con la finalidad de escapar de alguna forma al destino de los comunicadores, el objeto de esta columna es presentar al lector oportunidades de pensar que a su vez lo lleven a reflexionar un poco más. Ningún otro afán la anima, salvo el de entretener.

Comencemos, pues, con política. Aldous Huxley, famoso por su novela Un mundo feliz, publicó en 1952 Eminencia Gris, un ensayo biográfico sobre el Padre José de París, monje capuchino, místico, que fue ministro de relaciones exteriores y jefe de los servicios secretos del Cardenal Richelieu y destacado e incansable promotor de la Guerra de los 30 años (1618-48),  que devastó Europa, dejó millones de muertos y trajo hambrunas que afloraron en canibalismo.

A nuestro autor le preocupa una constante histórica: los políticos usan eficazmente para sus fines generalmente siniestros a los hombres buenos. Si no fueran por éstos aquéllos harían menos mal.  El Padre acaba su vida reprobado: su lugar estaba entre los que fabrican los antídotos no las ponzoñas.

Dos citas de Huxley para pensar: “Una y otra vez, eclesiásticos y laicos piadosos se han hecho estadistas en el deseo de elevar la política a su propio nivel moral, y una y otra vez la política los ha hecho descender al bajo nivel moral en el cual los estadistas, en su condición de políticos, se ven obligados a vivir.”

La otra: “… la gran paradoja de la política: el hecho de que la acción política es necesaria al propio tiempo incapaz de satisfacer las necesidades que le dieron existencia”

Un buen amigo sostiene que fue en las cavernas en donde la política se transformó en algo pacífico, porque antes había sido guerra descarada con porrazos, guantadas y trompadas, cuchilladas, sangre, huesos rotos, tajos, piel arrancada, espinas vertebrales quebradas, a fin de cuentas necesidad de sostener con alimentos a la familia de la víctima. Una carga para el fuerte sin recompensa alguna adicional al placer ya ido de matar al enemigo.

La historia va así. Ha ya muchos años. Siglos. Milenios. El primer lunes del mes de la época de secas los machos de la tribu salieron en búsqueda de proteína animal. Buscaban un ciervo de regular tamaño para satisfacer a la tribu al menos durante una semana. Lo encontraron, lo acorralaron, lo cazaron y dieron por cumplida la parte más riesgosa de su función. Pasaron a la siguiente etapa, la de la repartición. El que la hacía de jefe, sin darse cuenta de que ya había dejado de serlo, comenzó a desollar al animal, a arrancarle y tirar las parte incomibles, a partirlo en trozos y repartirlos entre los cazadores.

No se le escapó que Juan había sido el más torpe en la caza y el que menos había determinado el destino del ciervo muerto así que escogió el trozo más pequeño y menos carnoso de las costillas para dárselo. Sí se le había escapado que Hernando el más perezoso de la tribu no los había acompañado en la ingrata tarea de matar un animal, así que no le reservó ni un pequeño pedazo. Por no merecerlo.

Al jefe correspondió el trozo más  grande, puro lomo, los muslos para satisfacer el gusto caprichoso de las madres de sus hijos por las carnes pellejudas y la piel del animal para aguantar los fríos que ya se avecinaban y para el varon recién nacido. Y emprendieron el retorno. Pasemos para mejor ocasión el camino de retorno. Digamos solamente que duró 12 en una larga jornada que terminó  las que les confirmaron el carácter de carroñeros de su tribu y del carácter toprpe de del jefe que cargaba su botín sin compartir el peso que lo agobiaba. Pero no les importó porque al olor de la carne en descomposición ya estaban habituados.

Al entrar a la caverna se dieron cuenta de que Hernando ya estab de pie, esperándolos. No había ido por haber amanecido curdo. El jefe comprenció su error y pénsó en ofrecerle un trozo, pero el otro no estab para cuentos, corrió se acercó a Juan el último de la file y le arreó un zapotazo que lo tiró. Sin pena Hernando tomó el trozo de costillas, casi puro hueso y miró amenzadoramente a toda la fila. Le soltó un riscazo.

Ninguno protestó. Había florecido la primera mitad de la política, la fascinación del poder, la inactividad de los más. Pero toda la tribu tenía sentimientos rencor. Nada de paz, como dice mi amigo.

Se acabó el espacio.

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