Nadie

Publicado: 24 marzo 2010 de Amado Sosa en Lic. Ubaldo Orozco

Los mexicanos llevamos, cada vez menos, dentro de nosotros un sentimiento ambivalente de ser un pueblo escogido. Único. Distinto a los demás. Llamado a grandes causas o condenado a la soledad más frustrante que pueda imaginarse. Así lo consignaron quienes nos han pintado en libros, pinturas y música. Nuestras charlas lo confirman.

Volviendo a la lectura del Laberinto de la soledad, (Octavio Paz, México, 1914-98) encontré una cita, o dos según se mire, que en la primera lectura fue fruto de oscuras cavilaciones: {… Recuerdo que una tarde, como oyera un leve ruido en un cuarto vecino al mío, pregunté en voz alta: “¿Quién anda por ahí?” y la voz de una criada recién llegada de su pueblo contestó, “no es nadie, señor, soy yo”} Y punto final al párrafo; el siguiente inicia: {No sólo nos disimulamos a nosotros mismos y nos hacemos transparentes y fantasmales; también disimulamos la existencia de nuestros semejantes}

Gilbert Keith Chesterton, (Inglaterra, 1874-1936) genio de la polémica y las paradojas, ante situación igual discurrió escribir una novelita, El hombre invisible. El padre Brown, el detective exitoso, explicó la solución del crimen como sigue: {Habrán ustedes notado que la gente nunca contesta a lo que se le dice. Contesta siempre a lo que uno piensa al hacer la pregunta o a lo que se figura que está uno pensando. Supongan ustedes que una dama le dice a otra, en una casa de campo: “¿Hay alguien contigo?” La otra no contesta: “Sí, el mayordomo, los tres criados, la doncella, etc.” aun cuando la camarera esté en el otro cuarto y el mayordomo detrás de la silla de la señora, sino que contesta: “No; no hay nadie conmigo”, con lo cual quiere decir : “No hay nadie de la clase social a que tú te refieres” Pero si el es doctor el que hace la pregunta, en caso de epidemia… entonces la señora recordará sin duda al mayordomo, a la camarera etc. … Cuando estos cuatro hombres honrados aseguraron que nadie había entrado en la casa, no quisieron decir que ningún ser de la especie humana (lo había hecho), sino ninguno de quién se pudiera sospechar que era el hombre en quién pensábamos. Porque lo cierto es que un hombre entró y salió, aunque ellos no repararon en él}

No podía ser de otra forma pues se había cometido un homicidio por un hombre invisible cuya entrada no había sido advertida por los testigos por ser necesaria, esperada y congruente con su oficio: el del cartero.

A Chesterton no se le vio a la cabeza señalar que los ingleses ningunean a sus semejantes con ese tipo de respuestas y menos que éstas fueran exclusivas de ellos.

En esta época de crisis quizá valga comenzar por cambiar la manera de mirarnos.

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