A veces bajan

Publicado: 14 abril 2010 de Amado Sosa en Lic. Ubaldo Orozco

Las frases de los grandes hombres de la historia pintan a quienes las dejan tanto o más que un retrato. Julio César (100-44, ac.), emperador de los romanos, es uno de los personajes más conocidos de la historia. Recientemente la televisión ofreció series sobre Roma que lo popularizaron aún más. Y no es para menos: un genio de la política, la guerra, la corrupción, la elocuencia, el relato literario y la disipación; aparte dueño de una generosidad sin límites. Admiradores y detractores, no pocos, lo reconocen por igual como uno de los más grandes capitanes que han venido a este mundo.

En sus momentos de mando era muy dado a insinuar impositivamente sus deseos de suprema grandeza. Repetía constantemente: si hay que violar el derecho, que sea por el amor de reinar. (Suetonio, en Los doce Césares). Como César fue muy dado a la precisión no hizo distingo en cuanto a la gravedad o número de ley o leyes a quebrantar, pero queda claro: todas pueden ser infringidas cuantas veces sea menester con tal de reinar. Por eso violando la ley se lanzó contra Roma para someterla.

Pero cambiaba tono y contenido de su voz de ser necesario para lograr otros fines. Así para salvar a sus amigos de la muerte que el Senado les imponía como conjurados (año 63 ac.) con Catilina contra la República Romana, bajó de los cielos en que habitaba y habló a los senadores con palabras de espíritu cristiano: nadie puede servir al mismo tiempo a sus apetitos y a su verdadera convenienciano a todos… se les permite obrar del mismo modo: si los que viven en la oscuridad, se dejan llevar de la ira pocos se enteran porque su nombradía corre pareja con su posición; en cambio el mundo todo conoce los hechos de los que pasan la vida en las alturas del poder… mientras más alta es la condición, menor es la libertad; vedados están el favor, la malquerencia, y, sobre todo, el arrebato: lo que en otro se dice iracundia, llámase en los que están en el poder crueldad y tiranía… la mayoría de los hombres sólo recuerda el final de las cosas, de modo de que al tratarse de los malvados olvidan el delito y no hablan sino del castigo, si fue un tanto riguroso. (Salustio, en La conjuración de Catilina).

Misericordia y amenazas en los labios de César, pero no tuvo éxito. Los conjurados fueron ejecutados por decisión del Senado.

En estos días las frases y las circunstancias en las que se pronunciaron resultan dignas de reflexión.

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