Maquiavelo

Publicado: 24 junio 2010 de Amado Sosa en Lic. Ubaldo Orozco

Nicolás Maquiavelo nació en Florencia, actual Italia, en 1469 y murió ahí  mismo, en el 1527. Llega al día de hoy como un consejero inmoral de la práctica política de los peores monstruos de la política. Se le acusa de haber escrito, en El Príncipe, 1513, un manual para asesinos y rateros.

Su modelo de príncipe fue César Borgia, hijo del papa Alejandro VI, el español Rodrigo Borja. En el otro extremo puso a Julio César, el dictador romano, a quién igualó con Catilina. Para la anécdota.

Antes de transcribir a Maquiavelo, comencemos con una razón de Sun Tzu: La impostura es la base del arte de la guerra.

…Porque muchos se han imaginado como existentes de veras a repúblicas y principados (fantasías) que nunca han sido vistos ni conocidos; porque hay tanta diferencia entre cómo se vive y cómo se debería vivir, que aquel que deja lo que se hace por lo que debería hacerse marcha a su ruina en vez de beneficiarse; pues un hombre  que en todas partes quiere hacer profesión de bueno es inevitable que se pierda entre tantos que no lo son. Por lo cual es necesario que todo príncipe que quiera mantenerse aprenda a no ser bueno, y a practicarlo o no de acuerdo a la necesidad… Pero como no es posible poseerlas todas (las cualidades buenas) ni observarlas siempre porque la naturaleza humana no lo consiente, le es preciso (al príncipe) ser tan cuerdo que sepa evitar la vergüenza de aquellas (cualidades) que le significan la pérdida del Estado, y si puede aun de las que no se lo harían perder…

Una vez echados los cimientos vienen los consejos.

1.- Entre ser tenido como avaro o prodigo: sólo el gastar lo de uno perjudica. No hay  no hay cosa que se consuma tanto a sí misma como la prodigalidad, pues cuanto más se le practica más se pierde la facultad de practicarla; y se vuelve el príncipe pobre y despreciable, o, si quiere escapar de la pobreza, expoliador y odioso. Y si hay algo que deba evitarse, es el ser despreciado y odioso, y a ambas cosas conduce la prodigalidad. Por lo tanto, es más prudente contentarse con el tilde de tacaño que implica una vergüenza sin odio, que, por ganar fama de prodigo, incurrir en el de expoliador, que implica una vergüenza con odio.

2.- Entre ser temido o amado: es más seguro ser temido que amado. Porque de la generalidad de los hombres se puede decir esto: que son ingratos, volubles, simuladores, cobardes ante el peligro y ávidos de lucro. Mientras les haces bien, son completamente tuyos: te ofrecen sus sangre, sus bienes, su vida y sus hijos, pues –como antes expliqué- ninguna necesidad tienes de ello; pero cuando la necesidad se presenta se rebelan… Y los hombres tienen menos cuidado en ofender a uno que se haga amar que a uno que se haga temer; porque el amor es un vínculo de gratitud que los hombres, perversos por naturaleza, rompen cada vez que pueden beneficiarse; pero el temor es miedo al castigo que no se pierde nunca. No obstante lo cual, el príncipe debe hacerse temer de modo que, si no se granjea el amor, evite el odio… y para ello bastará con que se abstenga de apoderarse de los bienes y de las mujeres de los ciudadanos y súbditos, y que no se proceda contra la vida de alguien sino cuando hay justificación y motivo manifiesto; pero sobre todo abstenerse de los bienes ajenos, porque los hombres olvidan antes la muerte del padre que la pérdida del patrimonio.

… Pero cuando el príncipe está al frente de sus ejércitos y tiene que gobernar a miles de soldados, es absolutamente necesario que no se preocupe si merece fama de cruel, porque sin esa fama jamás podrá tenerse ejército unido y dispuesto a la lucha…

3.- Entre cumplir y no las promesas. Pero la experiencia nos demuestra… que son precisamente los príncipes que han hecho menos caso de la fe jurada, envuelto a los demás con su astucia y reído de los que han confiado en su lealtad, los únicos que han realizado grandes empresas.

… Hay dos maneras de combatir: una, con las leyes; la otra, con la fuerza. La primera es distintiva del hombre; la segunda de la bestia. Pero como a menudo la primera no basta, es forzoso recurrir a la segunda. Un príncipe debe saber entonces comportarse como bestia y como hombre…

… Hay que saber disfrazarse bien y ser hábil en fingir y en disimular. Los hombres son tan simples y de tal manera obedecen a las necesidades del momento, que aquel que engaña encontrará siempre quien se deje engañar.

… Porque el vulgo se deja engañar por las apariencias y por el éxito; y en el mundo sólo hay vulgo, ya que las minorías no cuentan sino cuando las mayorías no tienen donde apoyarse.

Seguimos.

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