Acaba Maquiavelo

Publicado: 6 julio 2010 de Amado Sosa en Lic. Ubaldo Orozco

Siguen los consejos.

6.- De cómo ha de portarse un príncipe para ser estimado. Nada hace tan estimable a un príncipe como las grandes empresas y el ejemplo de raras virtudes.

Y por encima de todo, el príncipe debe ingeniarse por parecer grande e ilustre en cada uno de sus actos.

… Se estima al príncipe capaz de ser amigo o enemigo franco…

Y siempre verás que aquel que no es tu amigo te exigirá  la neutralidad, y aquel que es amigo te exigirá  que demuestres tus sentimientos con las armas…  La prudencia estriba en saber conocer la naturaleza de los inconvenientes y aceptar el menos malo por bueno.

El príncipe también se mostrará amante de la virtud y honrará  a los que se distingan en las artes. Asimismo, dará  seguridades a los ciudadanos para que puedan dedicarse tranquilamente a sus profesiones, al comercio, a la agricultura y a cualquier otra actividad; y que unos no se abstengan de embellecer sus posesiones por temor a que se las quiten, y otros a abrir una tienda por miedo a los impuestos.

Reúnase de vez en vez con ellos (los gremios y corporaciones) y dé pruebas de sencillez y generosidad, sin olvidarse… de la dignidad que lo enviste, que no debe faltarle en ninguna ocasión.

… Un  príncipe nunca debe aliarse con otro más poderoso para atacar a terceros, sino… cuando las circunstancias lo obligan…

7.- De los secretarios del príncipe… hay tres clases de cerebros: el primero discierne por sí mismo; el segundo entiende lo que los otros disciernen, y el tercero no discierne ni entiende lo que los otros disciernen. El primero es excelente, el segundo bueno y el tercero inútil.

Cuando se ve que un ministro piensa más en él que en uno y que en todo no busca sino su provecho, estamos en presencia de un ministro que nunca será  bueno y en quién el príncipe nunca podrá  confiar. Porque el que tiene en sus manos el Estado de otro jamás debe pensar en sí mismo, sino en el príncipe, y no recordarle sino las cosas que pertenezcan a él. Por su parte el príncipe, para mantenerlo constante en su fidelidad, debe pensar en el ministro. Debe honrarlo, enriquecerlo y colmarlo de cargos, de manera que comprenda que no puede estar sin él… y que honores, riquezas y cargos, le hagan temer los cambios políticos.

8.- Sobre los aduladores. Los hombres se complacen tanto en sus propias obras, y de tal modo se engañan, que no atinan a defenderse de aquella calamidad (los aduladores); y cuando quieren defenderse, se exponen al peligro de hacerse despreciables. Pues no hay otra manera de evitar la adulación que hacer comprender a los hombres que no ofenden al decir la verdad; y resulta que cuando todos pueden decir la verdad, faltan al respeto. Por lo tanto un príncipe prudente debe preferir un tercer modo: rodearse de hombre de buen juicio de su Estado, únicos a los que dará libertad para decirle la verdad, aunque en las cosas sobre las cuales sea interrogado,  sólo en ellas. Pero debe interrogarlos sobre todos los tópicos, escuchar sus opiniones con paciencia y después resolver por sí y a su albedrío… Fuera de ellos no escuchar a ningún otro, poner en seguida en práctica lo resuelto y ser obstinado en su cumplimiento.

Un príncipe debe pedir consejo siempre, pero cuando él lo considere conveniente y no cuando lo consideren conveniente los demás, por lo cual debe evitar que nadie emita pareceres mientras no sea interrogado… Un príncipe que no es sabio no puede ser aconsejado, y por ende, no puede gobernar… De esto se concluye que es conveniente que los buenos consejos, vengan de quien vinieren, nazcan de la prudencia del príncipe y no la prudencia del príncipe de los buenos consejos.

9.- Sobre el azar. Acepto por cierto que la fortuna sea juez de la mitad de nuestras acciones, pero que nos deja gobernar la otra mitad, o poco menos.

… Es feliz el que concilia su manera de obrar con la índole de las circunstancias, y que del mismo modo es desdichado el que no logra armonizar una cosa con la otra… Pero no existe hombre lo suficientemente dúctil como para adaptarse a todas las circunstancias sea por naturaleza o por experiencia.

Es preferible ser impetuoso y no cauto… y se ve que (la fortuna) se deja dominar por éstos (los impetuosos) antes que por los que actúan con tibieza… y… es amiga de los jóvenes, porque son menos prudentes y más fogosos y se imponen con más audacia.

Quizá para Maquiavelo, de leer el texto completo, el modelo real de príncipe no fue el Valentino, sino Fernando II de Aragón cuando dio nacimiento y guió los primeros pasos de un país imperial, al que ahora conocemos como España. Un príncipe casi borrado en la historia de México, pues apenas lo conocemos como el esposo de Isabel la Católica.

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