Tener éxito político

Publicado: 15 julio 2010 de Amado Sosa en Lic. Ubaldo Orozco

Con tanta enseñanza obligatoria que han de practicar los políticos se pensaría que es imposible, entre tantos competidores como somos, salir vencedor en la lucha por el poder. Pero sí los ha habido.

A partir de Suetonio (c70-c140 de nuestra era) veamos qué hizo para llegar y mantenerse uno de los más grandes políticos de la historia. Cesar Augusto, emperador de los romanos.

En primer lugar le dio por sobrevivir a sus amigos y rivales. Vivió casi 80 años.

Y para llegar no puso límites a su acción. Usurpó sin vergüenza los méritos de un su tío, Julio César, cuyos éxitos nadie puso en duda y gastó la enorme fortuna de éste como si fuera ajena y no la hubiera heredado ya, habiendo arreglado previamente su testamento a fin de quedarse con ella. Se cambió de nombre varias veces.

Mientras se burlaban de él, batalló por muchos años, sin que la fortuna lo acogiera en forma definitiva en su seno ni lo expulsara con violencia, contra el verdadero heredero del tío, (Marco) Antonio, y contra todos los que lo rechazaban como un jovenzuelo inexperto, advenedizo y carente de méritos.

Después de años de compartir el poder, principalmente con Antonio, se le hizo en su totalidad cuando un general suyo venció en batalla cuyo desenlace el futuro emperador romano no atestiguó porque lleno de temor miró hacia otro lado en tanto la suerte de la batalla permanecía incierta.

Una vez en el poder lo ejerció sin duda ni piedad: cuarenta y cuatro años de gobierno absoluto: la paz de Augusto. Acrecentó el imperio, trajo paz, prosperidad, orden, embelleció Roma, la satisfizo con servicios públicos (agua, mucha agua para los calurosos veranos), caminos, arte, pan y circo como nunca antes.

Farsante, con mucha humildad recibía los honores que había rechazado nomás para que se los ofrecieran mayores. Chaquetero, se aliaba con unos para traicionarlos a poco. Cruel: envió a Roma la cabeza de Marco Bruto, uno de los asesinos, para que fuera arrojada a los pies de la estatua del muerto (Julio César); ofreció sacrificios humanos ante su altar. Juguetón: tanto le divirtió la petición de clemencia de padre e hijo, que decidió otorgársela al que matara al otro. Adivino: al momento de nacimiento sofocó un gran número de conspiraciones. Reorganizó el ejército. Perdonó a sus amigos y a muchos adversarios.

Tanto lo quería el pueblo romano que a su médico le levantó una estatua por haberlo sanado. Tal era su grandeza que se fundaron en su honor muchas ciudades con su nombre: Cesáreas. Generoso con los intelectuales de su tiempo. Cruel con los mismos que se habían metido con los suyos.

Tuvo sus fracasos, destruyó los restos de la forma republicana de gobierno, por la que había luchado, y dio nacimiento al imperio, un simple disfraz de dictadura. En su defensa  ha de decirse que fue guiado por nobles principios: no exponer su vida ni la de su familia a grandes peligros y no entregar Roma a la tiranía de ambiciosos. Se supo indispensable.

No devolvió a Roma las austeras costumbres de antaño como fue su deseo, pero no fue por falta de leyes que hizo muchas; si bien se le acusa de no haber predicado con el ejemplo. Se desposó con Livia cuando estaba embarazada de otro. Lo acusaron de afeminado, de haberse prostituido y haber ganado la herencia del tío con su propia deshonra. Cometió adulterios sin cuenta (desde luego no para satisfacer su concupiscencia sino para enterarse, a través de las mujeres de los secretos de sus enemigos, que lo eran de Roma), tenía mucho gusto de orgías y de vírgenes, que le conseguían sus amigos y su propia esposa.

Ya en el poder y para distracción del pueblo hizo correr algunos cuentos suyos para parecer un elegido del destino: el haber permanecido 10 meses en el vientre materno en vez de los 9 ordinarios, tener aversión al baño, temor a  los rayos y visiones.

En familia la vida le resultó una tortura. Su esposa fue acusada de homicida en pleitos palaciegos. Fueron tantos los excesos y desenfrenos sexuales y alcohólicos de la hija que lo llevaron a meditar en suicidarse. Se contentó con desterrarla. Los nietos le salieron peores todavía. Tan mal se sentía que repetía cada vez que se presentaba la oportunidad: dichoso el que vive y muere sin esposa y sin hijos.

Pero quiso disfrutar del poder hasta el día de su muerte. Ordenó, sin ganas de soltarlo, a sus amigos que lo rodeaban, ¿os parece que he representado bien esta farsa de vida? Y continuó: si os ha gustado batid palmas y aplaudid al autor. Todavía le sobró aliento para mandar a su esposa, Livia, vive y recuerda nuestra misión; adiós.

Fácil. Se pueden reducir a dos las reglas para el éxito en política. Ser como los jesuitas: saber lo que se quiere, conseguir que todos los actos propios se encaminen automáticamente a su conquista y considerar a los demás como inconscientes, por un lado; y por el otro: sobrevivir a los enemigos.

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